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Los colombianos que estamos en el
extranjero, como muchas otras personas que han emigrado de sus países, vivimos
en dos horarios: el propio y el de nuestras familias y amigos en casa.
Y esa distancia ayer nos oprimió el pecho
con fuerza. En la era de las redes sociales, los videos que comenzaron a
circular tras el terremoto en Colombia mostraban edificios desplomados, vecinos
que huían mientras colapsaban estructuras enteras, el horror en el rostro de
mujeres, hombres y menores.
La angustia de quienes encontraron a un
ser querido bajo los escombros.
Todos rostros familiares, porque en el
dolor es más fácil reconocer que todos venimos del mismo rincón. Y lo difícil
para quienes están lejos es no poder brindar ayuda efectiva, más allá de una
donación; ponerse los guantes para remover escombros, albergar a alguien que se
haya quedado sin vivienda.
Dar un abrazo fuerte a las personas que
quieres.
Por supuesto, esa impotencia no se compara
con el dolor de las miles de personas que están viviendo en el huso horario de
la tragedia. Todavía hay centenares de desaparecidos, todavía hay muchos restos
de casas y edificios por remover, todavía hay muchas familias por consolar.
No es la primera vez que un fenómeno
inesperado pone a prueba a Colombia, y esto es tal vez un consuelo para los que
estamos afuera: los colombianos siempre han encontrado la fuerza para no
dejarse abatir y la solidaridad necesaria para reconstruir un país entero.
Fuente de la imagen, Reuters
Fonte do Artigo
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